miércoles, 8 de junio de 2011

Mis fechas de cumpleaños


Yo nací un 8 de junio… o al menos eso creía hasta que cumplí los 14 años. A esa edad era obligatorio tener carné de identidad y para tramitarlo pedí una partida de nacimiento. Cuál no fue mi sorpresa cuando en la fecha de nacimiento ponía 10 de junio. En aquella época tener menos edad, aunque fuesen dos días, era un golpe tremendo a tu vida social en especial a tu porvenir con las chicas que iban tras los chicos “mayores”. Así que fui a hablar con el único testigo que seguro estaba presente el día de mi nacimiento: mi madre. Ella aseguraba que mi venida al mundo se había producido a los quince minutos del día ocho y te parí en casa hijo, lo que ocurre es que tu padre te inscribió en el registro civil el día 10. Por tanto ante mi círculo social podía decir que mi cumpleaños era el 8 de junio y, por supuesto, ocultar el DNI donde hubiese tenido que dar alguna que otra explicación que no hubiese servido para nada porque lo oficial era lo que mandaba. El sostener la fecha del 8 de junio como la de mi nacimiento y las ganas de ser mayor cuanto antes, tenía como contrapartida la de invitar a las amistades ese día;  además, me encargaba de airear directa o indirectamente que “oye, que el 8 es mi cumpleaños” o “¿a qué no sabes quién cumple años el día 8?” y cosas por el estilo. A mi me parecía que me favorecía.

Pero el panorama ha ido cambiando con los años y esa ambigüedad en la fecha de mi  nacimiento representa ventajas. La primera de ellas  porque  eres más joven de lo que marca tu edad biológica. Es como si el reloj se atrasase siempre dos días, con el añadido de que a ciertas edades ser más joven es un valor que cotiza en tu círculo social y, especialmente, entre las señoras. La segunda de ellas  es que se crea confusión entre tus amistades. Cuando te preguntan: “Pero a ver ¿cuándo es tu cumpleaños?” siempre respondo: “El día 8 de junio es cuando nací, pero oficialmente es el 10 de junio” Esa respuesta causa desconcierto y, claro, si a las personas les es complicado retener una fecha de aniversario, dos es imposible. Total que he conseguido  lo que me propongo: que no me felicite nadie y así ahorrarme una pasta en invitaciones. Y si algún despistado o despistada lo hace, el tener dos fechas de nacimiento, me da otra salida: que lo hacen el día 8 les digo que aún quedan días. Que lo hacen el día 10 les contesto: “uuuyyyssss gracias pero fue hace dos días”. No obstante hay alguien que invariablemente siempre es puntual:

-Felicidades hijo, ¿cómo estás pasando el día?
-Gracias mamá, pues como siempre, trabajando.

domingo, 5 de junio de 2011

Amantes (y V)


Andrés nunca había entendido porque Luz había desaparecido tan de repente y sin decir palabra. Ni unas señas, nada donde dirigirse, ellos que durante el tiempo que se conocieron fueron capaces de crear el mundo de la sinceridad que reclaman los adolescentes. Cinco años después de su repentina ausencia aún se acordaba de ella, aún necesitaba de su confianza para descansar en ella sus temores y más ahora que su microuniverso se desmoronaba. La muerte de su madre hacía unos meses tras un horrible delirium tremens fue el detonante que lo hizo saltar en añicos. Su padre cayó en una profunda depresión de la que era incapaz de salir. Apenas salía de casa y la comunicación con su hijo prácticamente no existía. Andrés estaba convencido que se culpaba de la muerte de su madre porque siempre le repetía que no la había querido lo suficiente.

Llamaron a la puerta de casa. Andrés salió a abrir. Era Luz. La sorpresa no dejó reaccionar a Andrés que se quedó en el quicio de la puerta viéndola con la boca abierta y sin saber qué decir.

-¡Pero bueno ¿te vas a quedar ahí sin decir nada?!- dijo una sonriente Luz abriendo los brazos- Anda ven aquí y dame un abrazo.

Se abrazaron tanto y con tanta intensidad que Luz pudo percibir el latido acelerado del corazón de Andrés que solo acertaba a decir ¿qué haces aquí?¿dónde te habías metido? Te he necesitado tanto.

-Bueno, bueno, ahora te lo cuento todo- dijo Luz siguiendo a Andrés al interior de la casa.
-¡Papá, mira quién ha venido a visitarnos!- gritó con voz emocionada Andrés a Luis que estaba sentado frente al televisor en el comedor. Al ver a Luz se levantó como un resorte.
-Anna… -balbuceó Luis- Anna... has vuelto- su mente había retrocedido más de  veinte años.
-No papá, es Luz. Mi compañera de colegio. Bueno la que fue mi compañera de clase ¿No recuerdas cuando venía a casa? -trataba de explicar Andrés.
-Si Luis- terció Luz en la conversación dirigiéndose él- Soy Luz –y volviendo su cara a Andrés- Aunque tu padre tiene algo de razón, mi madre se llama Anna y dicen que me parezco mucho a ella. Imagino que me ha confundido –y tras un breve silencio- ¿Pero de qué la conoces?

Andrés no tardó mucho en visualizar la imagen de la mujer que se había presentado un día en su casa y le había regalado un libro siendo él adolescente. Hubo una época en que las visitas de aquella mujer eran frecuentes hasta que un día desapareció sin más. Y recuerda que esos fueron los días más felices de su adolescencia. Su padre y su madre más unidos que nunca y Luz, por encima de todos ellos como el ángel que velaba por él en los momentos de duda. Luego se fue como aquella mujer y en su casa aparecieron los demonios que acabaron con su madre ¿Qué había ocurrido? No iba a tardar en saberlo.

-Tu madre y yo éramos compañeros en la misma compañía de ballet –comenzó explicando un Luis que medía muy bien sus palabras- Por aquel entonces ella empezaba y yo acababa de firmar mi contrato como primer bailarín. Nuestros caminos divergieron, saltábamos de ciudad en ciudad y estuvimos muchos años sin mantener el contacto, hasta que un día coincidimos en la puerta del colegio de Andrés, de vuestro colegio y reanudamos aquella amistad –trató de ser convincente- Fue entonces cuando Andrés la conoció y el resto ya lo conocéis.
-Vaya -exclamó Luz algo decepcionada- ¿Así que nunca te habló de mi? Y eso que era asidua en tu casa. Tendré que reñirla –dijo haciendo un ademán con la mano como si estuviese reprimiendo a una persona invisible.
- ¿Y cómo está tu madre? ¿Ha venido contigo? –preguntó Luis en un tono expectante.
-Ahora bien –dijo Luz. Y tras hacer  una pausa de esas que sirven para ahuyentar fantasmas- Muy bien.

Luz les contó de su precipitada salida de la ciudad, dejándolo todo y sin tiempo para despedidas. A su madre le llamaron para una representación como primera bailarina en el Teatro Bolshói, la oportunidad que había estado esperando desde que tenía uso de razón. Nunca llegaron a su destino, un accidente de carretera se lo impidió. Milagrosamente a Luz no le ocurrió nada, fue su madre la peor parada fracturándose las dos piernas. Pensaron que no volvería a caminar, pero lo consiguió. Luego las secuelas sicológicas para hacerse a la idea que nunca vería culminado su sueño. Fueron tiempos muy duros en las que no me separaba de su lado cuidándola, animándola a que empezase de nuevo, sino en el ballet, si ayudando a que lo hiciesen otros. Hace unos meses la llamaron para que dar unas clases en la escuela de Cocó Comín y allí está, tratando de hacer realidad los sueños de otros.

-Y aquí estoy yo dispuesta a iniciar, a mis veintiún años, la carrera de economía –concluyó Luz con su explicación.
-Hablando de carreras –dijo Andrés mirando el reloj con cara de espanto- tengo que irme al examen final de matemática financiera –y apuntando a Luz con su dedo índice le conmino- Y tu no te muevas de aquí hasta que yo vuelva y me ayudes a preparar la cena.

Se quedaron solos Luis y Luz. Hubo unos minutos de conversación intrascendente en los pocos cambios que habían hecho a la casa –salvo los obligados por el paso de la edad de Andrés y la sorpresa, agradable, de lo parecida que era Luz a su madre. 

-¿No se lo has explicado, verdad? –preguntó Luz con semblante serio.
-¿No le he explicado qué?
-No hagas como que no sepas de qué te estoy hablando ¿Sabe Andrés que eres mi padre? ¿Sabe que alternabas las camas de su madre y la mía y que las dejaste a las dos embarazadas con dos meses de diferencia? ¡Si hasta podríamos ser gemelos de diferente madre! –sonrió con cierta amargura Luz.
-No… Nunca hemos hablado de eso. No podía… su madre enferma.
-Excusas –atajó Luz- Siempre justificando tu egoísmo, tal y como mi madre me había dicho. Incapaz de dar un paso por ella aunque le decías que la amabas.
-Y la amaba –reafirmó Luis- Y la amo aún –confesó.
-¿Amar tu? ¿Amar un incapaz de enfrentarse a la realidad, a la verdad aunque para ello hayas causado la infelicidad en la vida de dos personas, tres incluyendo la tuya? Lo siento pero llegas tarde, mi madre es feliz ahora con su vida –Luz se dio cuenta como el rostro de Luis se había transformado dibujando un rictus de rabia contenida- y voy a procurar que mi hermano también lo sea. Estoy aquí para impedir que hagas con su vida lo que has hecho con la de los demás.
-¡Tu no harás nada! –gritó Luis- ¡No impedirás nada ¿Me entiendes? –sacudía a Luz violentamente por los hombros- ¡No me quitarás a mi hijo, como tu madre me robó a mi hija!

Luz tuvo miedo al ver los ojos y el rostro de Luis llenos de ira. Justo en el momento en el que iba a pegarla Luz pudo zafarse de su presión y huyó de aquella casa en busca de Andrés.   

Fue una suerte que fuese la policía la que encontrase a Luis ahorcado en la casa, evitando el dantesco espectáculo a Andrés y Luz. Así el último recuerdo que tendrían de su padre sería una nota que había escrito minutos antes de suicidarse en la que, como si fuese un acto de contrición, podía leerse:

“Que no se culpe a nadie de mi muerte. Yo soy el único responsable tanto de ella como de mi vida”

jueves, 2 de junio de 2011

Amantes (IV)


-No has probado bocado- le dijo Anna a un Luis que no hacía más que dar vueltas a los raviolis con el tenedor.

-No quiero que me dejes Anna. Yo te quiero -Luis alzó la vista del plato y miró fijamente a Anna que puso cara de extrañeza- Si, sé porqué estamos aquí, sentados en esta mesa, en este restaurante y tu intentando encontrar las razones del porqué nos tenemos que separar…

-Yo también te quiero Luis, mucho más de lo que imaginas y de lo que yo pude llegar a imaginar… Lo sabes y en esta segunda oportunidad que nos hemos dado sé que siempre te querré…

-Pero –interrumpió Luis- sigo con Elena y con mi hijo ¿es eso, verdad?… Debo hacerlo, lo sabes…

-Y yo no te he pedido que hagas lo contrario, incluso he llegado a aceptar compartirte con ella porque lo único que he deseado es permanecer cerca de ti para quererte, pero tenemos que alejarnos, por el bien de tu familia. Elena sabe que somos amantes desde el primer día que crucé la puerta de tu casa. No le hizo falta mucho para adivinarlo, ni a mí tampoco saber lo que ella pensaba. Pero prefirió ignorarlo porque si se enfrentaba a ti te hubieses venido conmigo y eso significaba dinamitar lo que le aportaba mayor estabilidad, su familia. Así que prefirió refugiarse en la bebida y controlarme, controlarnos teniéndonos cerca…

-No entiendo entonces el porqué no bebe cuando estás en casa… Sólo aquella primera vez.

-Porque en esos momentos es cuando nos controla y te envía un mensaje a ti, inconscientemente, diciéndote: “Yo también puedo ser como ella, déjala y vuelve a mí”, igual que te envía un mensaje cuando se emborracha: “No puedo vivir sin ti. Te necesito” –Anna hizo una pausa para coger aliento intentando que la voz no se le quebrase- Por eso debemos dejarlo porque si seguimos acabará matándose… y ni tú, ni yo nos lo perdonaríamos- las lágrimas asomaron a los ojos de Anna sin control. Luis hizo ademán de cogerle la mano, pero ella se la retiró. Buscó el bolso lo abrió atropelladamente buscando unos ‘kleenex’. Unas fotos cayeron encima de la mesa. Luis reparó en una de ellas que tenía una imagen que le era familiar. Anna se percató de ello, pero cuando quiso recoger la foto era ya demasiado tarde, Luis la tenía en su mano y la miraba con extraña curiosidad.

-¿Anna cómo tienes tu una foto de esta niña del colegio? ¿De qué conoces a Luz, la mejor amiga de mi hijo? –preguntó Luis como si estuviese a punto de conocer una verdad que le pertenecía.

-Es mi hija…

-¡¿Tu hija?!... pero no me habías dicho…

-… nuestra hija, Luis… Luz es nuestra hija.

martes, 31 de mayo de 2011

Amantes (III)


A pesar de haber respondido a la invitación de Luis con tanta seguridad  Anna dudaba en ir o no a su casa. En su cabeza circulaban sin orden un sinfín de preguntas ¿Sospechará? ¿Pero qué ha de sospechar si lo nuestro con Luis acabó hace mucho? ¿Acabó? Si, por supuesto… creo. Bien tal vez sea una manera de encontrar respuestas ¿A qué? A que aún estoy enamorada de él. Qué barbaridad después de tanto tiempo no puede ser.

A las ocho tocó el timbre de la puerta. Abrió la puerta una mujer morena, con el pelo corto y unos profundos ojos oscuros contorneados en su base por unas ojeras que apenas había podido disimular. Una amplia sonrisa dejó al descubierto una cuidada dentadura blanca.

- Anna ¿verdad? –dijo la mujer ofreciendo las mejillas a Anna.
- Y tu debes ser Elena –respondió Anna brindando también las suyas.
- ¿Y quién si no? –rió abiertamente Elena- Ven entremos que Luis  está ‘estudiando’ con Andrés.

Pasaron al interior de la casa a la habitación del niño que estaba con su padre consultando unas cosas en el ordenador. Luis se acercó a Anna dándole un par de besos en las mejillas. A Anna le pareció que absorbía su perfume en la milésima de segundo que duró el contacto. Un niño, casi tan alto como la madre y su viva réplica, se acercó a ella dándole un par de besos.

-     Y este hombre debe ser Andrés ¿verdad? –se dirigió Anna a Andrés- Mira te he traído algo que me han dicho que te gusta –dijo sacando un paquete de su bolso ante la atenta mirada del muchacho.
-     ¡El libro de ‘Mister Cuadrado’! –dijo un alborozado Andrés abriendo los ojos como platos.- ¡Gracias!- abrazó el niño por segunda vez a Anna sin soltar el libro de sus manos. 

La cena transcurrió como transcurren todas esas cenas en que se encuentran dos viejos amigos que hace tiempo que no se ven: rememorando las anécdotas que les había proporcionaba tener una profesión en común, dejando un poco fuera de juego al tercer comensal, Elena, que hacía las preguntas de rutina  ¿cómo os conocisteis? ¿en qué obras trabajasteis juntos? Todas y cada una de las preguntas de Elena eran contestadas inmediatamente por Luis. Anna  únicamente corroboraba lo que explicaba Luis o ampliaba su explicación con hechos intrascendentes. Andrés loco por dejar aquella mesa y ponerse a leer su libro, acabó la cena en un suspiro ¿Me puedo ir a mi cuarto mamá? Da las buenas noches y vete, anda. 

-     ¿Y en todos estos años no habéis estado en contacto? ¿No sabíais el uno del otro?
-      Verás –esta vez fue  Anna la que respondió poniéndose muy seria- he tenido un novio muy celoso, agobiante. Me vigilaba a todas horas y controlaba todos los movimientos que hacía. Revisaba mi correspondencia. Los primeros meses no fueron así pero luego, afloró su verdadero carácter. Perdí todo contacto con mis amistades. No me dejaba hablar con ellos e incluso los amenazaba si se acercaban a mi. Cuando me sentí asfixiada, casi anulada,  lo abandoné sin decirle nada, ni dejar señas. Se que me persiguió durante un tiempo, luego contrató detectives. Tuve miedo y cambié varias veces de domicilio hasta hace un par de años que regresé a Barcelona cuando supe que se había matado en un accidente de coche –miró por el rabillo del ojo a Luis. Tuvo la sensación que asentía a la explicación.
-    Pues ya tenemos algo más que celebrar –dijo Elena rompiendo los segundos de silencio que siguieron a la explicación de Anna- Voy a buscar el champagne.

Anna notó como Luis fulminaba a Elena con la mirada. Hizo caso omiso. Al poco volvió de la cocina con una botella de Veuve Clicquot y tres copas. Brindaron. Luis casi ni lo probó.  Ya no era él quién hablaba, Elena fue la que tomó el relevo. Alegre, no paraba de reirse de sus propias anécdotas. Bebía una copa tras otra. Anna sonreía cortésmente y, de vez en cuando, observaba a Luis que había enmudecido y permanecía con el semblante serio. Anna se sintió incómoda en aquella situación. 

- ¡Es tardísimo!  -dijo Anna levantándose como un resorte- Tengo que irme, mañana me voy de gira quince días y aún no he preparado nada.

Si no es porque Luis la cogió del brazo, Elena no se hubiese podido incorporar de su asiento. Tambaleándose a duras penas pudo dirigirse a la puerta para despedir a Anna. Nos veremos en otra ocasión Anna. Por supuesto que si Elena.

- Te llamaré –susurró Luis en el oído de Anna sin que su mujer pudiera escucharlo.

Se encontró con cinco mensajes de Luis en el contestador. Quería verla. Quería estar con ella. Su voz sonaba desesperada, ansiosa. Acordaron verse la tarde siguiente. Y lo hicieron. Esos dos seres que tienen que amarse clandestinamente llenándose de besos y abrazos salen del alma mientras ellos hacen pequeñas pausas para mirarse a los ojos tanto tiempo cerrados. La misma habitación de hotel, la vieja cama sosteniendo el peso de sus cuerpos, disfrutando esa aventura, la pasión nuevamente despierta. Risas, palabras y dos bocas que se buscan hasta encontrarse. Las manos recorriendo territorios antes desconocidos, claman por seguir explorando sin reserva. Respiraciones que se agitan. Frases entrecortadas, incluso cursis que se pierden antes de llegar a las ventanas sin que puedan escapar. Anna parada frente a él, ofreciéndole su espalda. El roce de su cuerpo actúa como resorte que cierra sus ojos mientras los besos sobre el cuello comienzan a asentarse como tatuajes que pretenden perdurar hasta la eternidad. Luis acaricia sus caderas y se deleita con sus formas. La rodea por la cintura y la atrae hasta aprisionarla por completo luego, sube las manos hasta encontrarse con esos senos pequeños que piden ser acariciados. El deseo es concedido. Los botones de la blusa ceden fácilmente y la tela pronto queda olvidada en el suelo. Sus dedos continúan con la labor. La piel morena, muy suave, ofrece un calor que él desea gozar. Los tejanos caen hasta los tobillos y en ese momento Luis se separa para disfrutar la placentera imagen que ofrece un cuerpo desnudo. Anna enreda sus dedos en los vellos que cubren el pecho de Luis. Es como si le provocara curiosidad. Lentamente desciende la mano hasta el vientre donde la mata de vello se hace mas espesa. Enreda sus dedos nuevamente y comienza a sentir algo más. Él la mira con ternura y le ofrece sus labios a cambio de caricias. Ella acepta el trato al tiempo que siente su sexo mimado con suavidad. Ambos entran en el juego y se masturban mutuamente hasta lograr caricias encendidas. Los senos erguidos son una tentación para quien chupa y para quien desea ser chupada. Anna se ofrece a plenitud sin que Luis se atreva siquiera a sugerirlo.

Ambos se miran a los ojos mientras alcanzan juntos la cumbre de su placer. Anna se estremece y se agarra con fuerza a su cuello; Luis resiste un poco más (que son unos segundos en años de abandono) y logra llegar junto con ella en un viaje que ninguno de los dos quiere abandonar. Ambos quedan exhaustos bajo las sábanas en donde duermen abrazados, soñando él, en quedarse con ella hasta la eternidad; soñando ella, en continuar con el curso de su vida sin el compromiso de encontrarse atada a un hombre. ¿Pero dónde les llevaría de nuevo todo aquello?

 - ¿Bebe mucho? -preguntó Anna recostada al lado de su amante.
- Ha tenido una recaída -empezó explicando Luis- Desde la otra noche que viniste a cenar.    Empezó a beber más de la cuenta después de la operación que tuvo. Cuando nos dimos cuenta ya estaba fuera de control y buscamos ayuda de un médico. Logró superarlo hace cuatro años, pero la otra noche volvió... 
- ¿Y Andrés?
- Es un niño muy listo y alegre. Si no fuese por él no sé dónde ni como estaría Elena. Es su razón de ser y gracias a él pudo superarlo... 
- A él y a ti...

Desde aquel reencuentro se empezaron a ver cada semana y se prometieron no hablar nunca del futuro porque el suyo, su futuro, era el presente inmediato. Cuando descubrieron que las crisis de Elena con la bebida remitían cuando Anna los visitaba, se prometieron, Anna prometió que lo haría periódicamente. Lo pasaba mal en aquellas visitas porque, pensaba, que de alguna manera estaba traicionando a Andrés robándole a su padre y con ello destruyendo la frágil estructura familiar. Además Luis y Anna se prometieron no hacerse promesas.

Habían pasado cuatro años desde aquél reencuentro y la rutina de la aventura había hecho mella en Anna a pesar de las no promesas que le hizo a Luis. Aquella situación había acabado por agotarla y decidió ponerle fin.

sábado, 28 de mayo de 2011

Amantes (II)


Luis había acompañado a su hijo hasta el colegio. Lo hacía siempre que no estaba de gira fuera de Barcelona. Le gustaba hacerlo y a su hijo también porque eran los únicos momentos en que podían hablar de “hombre a hombre”, fuera de la protectora mirada de la madre que, según Andrés, aún creía que era un bebé ¡y soy un adulto, papá! Claro que si Andrés, afirmaba siempre su padre. Aquel era un día especial porque era el primer día de clase y, además, el primer día de la ESO el curso “frontera” entre el mundo fantástico de la niñez y el País de la realidad de la adolescencia.


Casi se da de bruces con Anna cuando salía del colegio.

-¡¡Anna!!– gritó un sonriente y sorprendido Luis cogiendo del brazo a una Anna que se giró al contacto de la mano de Luis. Ella saltó inmediatamente a abrazarlo y así, en mitad del gentío que entraba y salía del colegio, estuvieron durante unos segundos mientras solo acertaban a decirse muy quedo “¡Cuánto tiempo ha pasado!” “¡Cuánto te he encontrado a faltar!” “¡Cuánto he deseado verte!” “¡Cuánto…!”. 


Permanecieron en esos cuantos y en ese abrazo hasta que tuvieron la certeza, inconsciente certeza, que en ambos aún existía esa “liaçon” que los haría inseparables aún después del abrazo. Fue ella la que inició la conversación.

-¿Qué haces por aquí?  –y sin darle tiempo a contestar- ¿Has venido a acompañar a  tu hija…a tu hijo? 
-Hijo…
-¡Qué bien, un niño! ¿Cuántos años tiene?
-12. Hoy precisamente empieza la E.S.O. Me casé justo cuando lo dejamos… me dejaste y no quisimos esperar demasiado –dijo Luis haciendo cuentas como si quisiera justificarse.
-Eso es lo que tenías que hacer- afirmó una sonriente Anna- Yo en cambio he  permanecido soltera todos estos años. Bueno no es que no haya tenido pretendientes, no. Incluso uno me pidió matrimonio justo en el momento en que me di cuenta que las relaciones duraderas no se habían inventado para mí.

Estuvieron hablando de lo guapa que estaba ella, de lo bien que se conservaba él y de que la fortuna les había acompañado a ambos en su carrera profesional. Pero no todo eran alegrías. Luís le contó que al nacer Andrés a su mujer le tuvieron que hacer una histerectomía con lo que eso significaba. Pasaron unos años malos pero el carácter alegre de Andrés les había devuelto la ilusión. Hubiesen querido darle un hermano o hermana a su hijo pero no eran partidarios de adoptar y ya se habían hecho a la idea de que Andrés sería su única descendencia. Se dieron cuenta que el tiempo les había pasado volando.

-¡Por Dios, qué tarde es ya! Me tengo que ir pitando- exclamó Anna.
-Si, si de acuerdo, pero antes dime dónde te encuentro porque aún tienes muchas cosas que contarme –y sin darle tregua- ¿Por qué no vienes a casa este viernes por la noche?

¿A su casa? ¿Pero qué le diría a su mujer quién soy? ¿Una antigua amante que alternaba su cama con la mía? Pensó por un momento Anna antes de darse cuenta que Luis ya no era su amante y que tal vez, su casa con su mujer y su hijo, era un buen terreno para normalizar una relación de amistad y apartarse de la tentación de caer de nuevo en los brazos de un Luis al que no había podido olvidar. Como si leyese los pensamientos de Anna, Luis añadió.

-Ella nunca supo lo nuestro ni tiene porqué saberlo. Le diré que eres una antigua compañera de trabajo con la que estrené “El lago de los Cisnes” en el Liceo ¿Recuerdas que fue un gran éxito?

Y tanto que lo recordaba. Aquel día le dijo por primera vez que lo amaba después de haber copulado como hechizados por algún brebaje durante toda la tarde.

-¿Pero no te acompañó a la representación? Puede darse cuenta.
-No, tranquila, nunca lo hacía en aquella época. No quería que fuese –Luis insistió- ¿Quedamos a las ocho?
-Quedamos.