Lo hemos intentado de nuevo y ha sido como el día anterior. Con una diferencia: he apagado la luz para aliviar las posibles tensiones del día anterior. La he desnudado –por cierto, una cosa buena que no os conté, no tiene un solo pelo en el cuerpo- y ella se dejaba hacer. La he tomado en brazos y tendido suavemente sobre la cama. En esa misma posición se ha quedado durante todo el rato a pesar de que mis manos –inexpertas, eso sí pero llenas de teoría del “Kamasutra”- buscaban los puntos de encendido de su cuerpo. No ha pestañeado ni reaccionado a mi orgasmo. Me empieza a preocupar ese silencio suyo, más que nada porque mis andanzas como funcionario no dan para más. Me he dado cuenta que en estos cuatro días no he parado de hablar de mí y no sé nada de la vida de ella ¡Qué egoísta soy! ¡La habré abrumado con mi verborrea!
En un instante nacemos, en otro morimos. Resulta curioso que esos espacios breves de tiempo, fugitivos, frágiles y efímeros nos condicionen tanto la existencia que se conviertan en el título necesario de los capítulos de las historias que vivimos. Cuentos, leyendas, fábulas, intrigas, mentiras, traiciones, incomprensiones, odios, amores, enredos, sentimientos al fin, son los que modifican el rumbo del camino que sucede entre ellos, la Vida.
jueves, 9 de diciembre de 2010
La chica que me gusta (día cuatro)
Lo hemos intentado de nuevo y ha sido como el día anterior. Con una diferencia: he apagado la luz para aliviar las posibles tensiones del día anterior. La he desnudado –por cierto, una cosa buena que no os conté, no tiene un solo pelo en el cuerpo- y ella se dejaba hacer. La he tomado en brazos y tendido suavemente sobre la cama. En esa misma posición se ha quedado durante todo el rato a pesar de que mis manos –inexpertas, eso sí pero llenas de teoría del “Kamasutra”- buscaban los puntos de encendido de su cuerpo. No ha pestañeado ni reaccionado a mi orgasmo. Me empieza a preocupar ese silencio suyo, más que nada porque mis andanzas como funcionario no dan para más. Me he dado cuenta que en estos cuatro días no he parado de hablar de mí y no sé nada de la vida de ella ¡Qué egoísta soy! ¡La habré abrumado con mi verborrea!
miércoles, 8 de diciembre de 2010
La chica que me gusta (día tres)
Hoy hemos hecho el amor. Bueno, la verdad es que lo he hecho yo solito porque ella casi ni se ha movido. Estaba algo rígida durante todo el acto y no la he oído llegar al orgasmo. La verdad es que a mí me hubiese gustado oírla gemir, jadear, suspirar y pedir todas esas cosas que tanto me excitan. Deben ser los nervios de la primera vez, de toda la pasión acumulada en estos tres días que llevamos conociéndonos. Lo que si no ha perdido es su sonrisa, señal de que se lo estaba pasando bien conmigo. Esperemos que a medida que coja confianza se suelte un poco más. A pesar de todo, a mi me ha gustado hacerlo.
martes, 7 de diciembre de 2010
La chica que me gusta (día dos)
¡Es fantástica! ¡He tenido una suerte fenomenal! ¡Por fin alguien que no se mueve de mi lado y que escucha atentamente todo lo que digo sin pestañear! En dos días que llevamos juntos le he contado mi vida de funcionario y no ha dejado de sonreirme. También le he explicado -y eso no se lo había confesado a nadie- la escasa experiencia que tengo con las mujeres a pesar de que paso de la cincuentena. No le ha dado importancia, ni una sola palabra de reproche. Ha continuado con su sonrisa y la mirada clavada en la mía. Sin duda es la mujer que he estado buscando siempre.
lunes, 6 de diciembre de 2010
La chica que me gusta (día uno)
Ha sido un auténtico flash. Un flechazo instantáneo. Andaba camino de la óptica cuando me la he encontrado tras los cristales de aquella tienda. Es alta y estilizada. Morena de cabellos largos y unos infinitos ojos negros que me cautivaron al instante. Sonreía. Sonreí. Entré en el comercio sin dudarlo venciendo la partida a la timidez. Bastaron dos palabras para que aceptase venir conmigo. Ahora la tengo en casa, junto a mí. ¡Por fin encontré a la mujer de mis sueños!
jueves, 2 de diciembre de 2010
El fulgor de un recuerdo
Era tal el resplandor que despedía aquella luz que deslumbró sus ojos y penetró hasta lo más profundo de sus entrañas iluminando las tinieblas en que se encontraban sumidas.
Huía del esplendor efímero por eso siempre cubría sus ojos de indiferencia. Una indolencia que le permitía sobrevivir en su abismo y no ahogarse en la superficie cuando alguna vez asomaba por allí. Pero el magnetismo que le provocaba el fulgor amenazó su condenada estabilidad arrastrándolo hasta su epicentro irremediablemente. Sin duda hubiese sido su final. Un final fundido en el calor de un magma de sentimientos. No le importaba pero antes tenía que conocer.
Sabía que era lo que había intuido. Una mirada. Una mirada que arrebató su conciencia de cuajo. Una sonrisa. Si, una sonrisa que interrumpió su caminar en la oscuridad. Era Ella, poseedora de una despiadada ternura quién al acercarse le decía, "Dime que soy tuya"
- Eres mía. Eres tu.
- Pídeme entonces lo que quieras.
- Quiero tu alma.
Ella solo quiso darle su cuerpo, lo mismo que quería de ÉL.
El cuerpo humano no es más que apariencia y esconde nuestra realidad. La realidad es el alma (Victor Hugo)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)



